-Sencillamente divina,
chica. A la altura de toda una gala de los Goya –comenta Elena.
-Estaba preciosa,
sencilla y preciosa, como a mí me gusta -destaca Mónica.
-Los zapatos para mí
fue lo que falló –intercede Sandra-. Yo hubiera llevado tacón alto y fino.
-¡Qué va tía! Los
zapatos eran ideales –admite Mónica.
-Y además combinaban
con el bolso –añade Elena.
-Pero… ¿¡Me vais a
decir qué tiene de glamour unas sandalias bajas como las que llevó!? –ofendida
dice Sandra.
-A ver… Sí, pero…
-Para tacón alto y
fino, el que me compré yo ayer en H&M tía –interrumpe Elena a Mónica.
-¿Qué te costaron?
-Nada tía, ciento ochenta
y ocho euros, de oferta.
-Yo lo que tengo que
mirar es un picardías –dice Sandra.
-¡Hala! –exclama
Mónica, y sonriendo dice- Y ahora a qué te ha venido eso si estamos hablando de
zapatos.
-Tía, precisamente por
eso, el otro día acabamos pegando un polvo encima de la mesa y sólo me quedaron
puestos los zapatos –argumenta manteniendo la sonrisa.
-Tía, pobre Ramón. Lo
vas a exprimir –mordiéndose el labio inferior dice Elena.
-Ya ves, el otro día me
soltó que se pusieron a… –coloca las manos haciendo el gesto del coito- en el
balcón –delata Mónica a Sandra.
-¡Anda! A ver si seré
yo aquí la guarrilla del grupo. Que vosotras también folláis ¡Señoritas santas!
-exclama Sandra.
-Sí, pero menos, ¡Guapa!
–comenta Elena.
-Sí, ¡Y peor! –Añade
Mónica- Últimamente hasta finjo tía.
-No hagas eso Mónica –a
coro Elena y Sandra.
-Pobrecito, que él
piensa que está hecho un Nacho Vidal –dice con rostro de pena- y me da una
lastimita… -arrugando la nariz.
-¡Ah no! Yo estoy a dos
velas, pero el mío sabe tocar bien el punto –satisfecha remata Elena.
No paraban de reír, el
sexo, un tema del que cada día hablan por poco que sea, y cada día provoca en
ellas un mar de sonrisas.
-Por cierto, qué cómodo
es este sofá ¿No? –mientras golpea los cojines Sandra.
-¡Hasta me dormiría!
–acomodando la cabeza Elena.
-No podréis negarme que
elegí bien –orgullosa dice Mónica.
-Sí, tú tírate flores,
guapa.
-¿Os apetecen unas
cervecitas frescas?
-Mónica, qué buena
idea.
-Pues voy a buscarlas
ahora mismo. ¡No me pongáis a parir!
-Dame un cigarro Sandra
–dice Elena-. Y mañana tengo al jefe provincial en la oficina, ¡Qué asquito!
-Yo mañana libro, que
ya llevaba dos semanas sin librar.
-Voy a quitarme los
zapatos tía –se descalza-. ¿Huelen?
-No, aunque a rosas
tampoco –sonríe Sandra.
-Y unas cervecitas por
aquí –dice Mónica colocando las cervezas en la mesita del centro del sofá.
-¡Joder tía! ¿Qué las
has traído de Alemania o qué? –ironiza Sandra.
Las tres chicas alzan
los vasos y brindan efusivamente. Al topar los vasos se derrama cerveza por
todo el sofá.
-¡Tía! ¡Qué es de piel
blanca! –dice Mónica exaltada.
-Vaya metedura de pata
–dice Sandra.
-Disculpen… Aquí no se
puede fumar y mucho menos… Traer bebidas del bar de enfrente. Además vamos a
cerrar –dice un hombre bajito, trajeado, con voz fina.
Las tres cogieron sus
bolsos, colocaron un cojín tapando la mancha y salieron de la tienda de sofás
con la cabeza alta.
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