Odiaba la manera en la
que Luis, su padre, las trataba a ella y a su madre. Nunca le puso una mano
encima, era peor, su altiva ironía era el pan de cada día y sus palabras, los
cuchillos con los que untaba su despotismo en todos los rincones de aquella
alejada casa, en el tranquilo barrio de Alcanada.
Carla, de diecisiete
años, era rubia de cabello lacio y tenía la cara invadida de pecas y su madre,
Ilenia, portaba las mismas pecas que su hija pero las acompañaba de un rizado
pelo oscuro.
-¿No ha llegado tu
padre de trabajar, Carla?
-Llamó para decirme que
tenía una comida de compromiso inesperada y que no se nos olvidara de mantener
limpita la casa por si alargaban la sobremesa en casa.
-¡Ay hija! Estoy
cansadísima, necesito que me ayudes. Lo último que quiero en el día de hoy es a
tu padre escupiendo veneno delante de sus compañeros de trabajo.
-Tranquila mamá, sé que
pasaste mala noche y por eso, aprovechando que no han asistido los profesores
de las últimas dos horas, ya me puse manos a la obra y limpié toda la casa.
-¡Mi amor, mi niña!
¡Gracias! ¡No sé qué haría sin ti! ¿Has sacado a Jerry también?
-Sí, y le di su comida
¡No veas lo hambriento que estaba!
-Ya, ayer se me olvidó
ponerle el pienso y tu padre lo único que hace es gritarle hasta obligarlo a
meter en su caseta, así que es normal que hoy esté famélico. Voy a echarle un
ojo. ¿Qué está en su guarida Carla?
-Sí, vamos, estará ahí
porque no se le oye hace un rato. Lo que antes mami, quiero que veas una cosita
que compré.
-¡Ya estás gastando!
Ahorra que algún día vendrá una crisis.
Carla llevó a su madre
al pequeño huerto que tenían en la parte trasera de la casa y señalándole un
pequeño espacio de tierra removida le dijo que ahí estaba su sorpresa.
-¿La cabeza de tu
padre? –se rieron a carcajadas.
-Es una cabeza de ajo
mamá.
-Querrás decir, dientes
para plantar ajo, Carla.
-Bueno, pues eso mami,
yo es que soy un poco paradita, ya lo sabes.
-Mira que bien, así
tendremos para cocinar y para hacer los aliños de las aceitunas. Ya sabes que a
tu padre le encantan esas aceitunas y es mejor tenerlo contento. ¡Gracias otra
vez, cariño!
-De nada, en verdad,
esto también es por él.
El sonido del teléfono
interrumpió a madre e hija y forzó a Ilenia a salir corriendo para atender esa
llamada.
-¡Tu padre, seguro!
Carla cogió la regadera
y roció agua en todos los tiestos que rodeaban la casa, colocó las sillas de la
terraza junto a la mesa y a la vuelta, antes de entrar en el interior se detuvo
ante la casita de Jerry.
-¡Cómo se nota cuando
hay hambre, eh bicho!
Jerry detuvo su festín
alimenticio y mirándola fijamente mientras se relamía una y otra vez toda la
sangre del morro, continuó hincándole el diente a los trozos mutilados del cuerpo
de Luis.
-Si quieres chupar la
cabeza, ya sabes, la desentierras del huerto que a ti se te dará mejor que a
mí.
Y poniéndose en pie,
subió las escaleras del porche para regalar a su madre un sincero abrazo y la
mejor sus sonrisas.
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