19/4/14

Camuflaje militar

Las oscuras tinieblas se apoderan de mí, estoy tremendamente fatigado, está siendo un largo y arduo camino. Encima, la naturaleza no acompaña, mi orientación está disminuyendo y no sé si me encontraré yo solo para defender el desembarque de esos vikingos. Quizás soy la única esperanza, quizás ya no queda nadie más que mujeres y niños, o ni eso. No me importa, porto otra sangre en mis venas, fluye en mí un espíritu de guerra, soy un guerrero. Aunque sea el final, batallaré hasta que mi cuerpo no dé más.
Me pesan tanto las piernas, quizás me golpearon en aquella gruta. Fue espeluznante, de un momento a otro, todo cambió. La hospitalidad con la que me recibieron no debía ser de confianza. No debo confiar en nadie que no sea sangre de mi sangre.
Y confié. Y pequé. Y ahora sufro lo insufrible para poder llegar a la cima de la costa y así detener el avasallamiento de esos cornudos.
Lucharé por mi nación, no defraudaré a nadie. Soy un guerrero de una estirpe en vías de extinción. El pueblo reconoce a gente de mi calaña, por nuestro porte, por nuestras vestimentas, por nuestra mirada. Basta ver que todo aquel que se está cruzando en mi camino, me mira, me examina, incrédulos de sentirse tan cerca de mí. Incluso los más ignorantes cambian de sendero pensando, que mi son es el de la guerra por ser guerrero.
Ya sé. No ha sido una herida de un ataque físico. Ha sido más sibilino. No sólo genéticamente mi físico es casi inhumano, sino que va conectado a una fortaleza mental inigualable. Y ahora lo veo más claro. Mi inocencia fue condenada con aquella copa de esa terrible ponzoña. La hospitalaria aunque traidora anfitriona me ha envenenado, probablemente esté muriéndome, tantas dosis de ese veneno debería de ser mortal. Soy un guerrero especial, por eso sigo vivo. Y en pie. Pero mi visibilidad no es la misma y mi estómago está pensando en la rendición. Mi sistema nervioso está totalmente perturbado y siento necesidad de irme al suelo. De caer, cerrar los ojos y volar hacia otro lugar.
Pero no, moriré matando, moriré en pie, moriré por mi nación. Debo llegar a esa cima costera. Y debo llegar cuanto antes. Se acerca gente del pueblo a preguntarme si quiero su ayuda. ¿Acaso no captan mi mensaje? No permitiré un baño de sangre, no dejaré que un inocente fallezca en el campo de batalla sin haber sido entrenado para ello. Estoy tocado por los dioses, y yo puedo solo. Debo hacerlo solo. E iré solo.
Debo llevar horas de travesía, pero diviso la cima. Mi objetivo está al alcance. Ya tengo contacto visual, es cuestión de tiempo. Por ahora el mar está solitario.
Un muro detiene mi paso. Es un muro de piedra. Lo sobrepaso pero al otro lado me hundo en el terreno. Mi paso se convierte en un hito. Siento que me caigo, siento que la naturaleza me absorbe tierra abajo. Caigo cubierto de sudor bañado en cansancio. La meta se complica, no esperaba esto. Tiene lógica, si el enemigo me tumba, no podrán avanzar por aquí. Quedarían reducidos a cenizas, cualquier persona se desvanecería sin más. Cualquiera menos yo. Yo llegaré a la cima.
Puedo tocarla. Estoy abajo, me queda la subida. Sabía que no podía llegar y besar el santo. Antes de la escalada, mis piernas son invadidas de agua putrefacta y caliente. Caigo de nuevo al suelo por segundos, el hedor ha sido indescriptible. Me siento bien, aliviado. Mis músculos han agradecido el efecto del calor en mis piernas, mi nariz no. Mi nariz no ha agradecido nada ahora mismo.
Voy subiendo lentamente, paso a paso, con un estado casi crítico y empapado cintura para abajo. Siento que la alcanzo, pero mi calzado resbala y caigo de espaldas. Mis ojos se cierran y el mundo se envuelve en un silencio.



-Sí, varón de unos 20-25 años, blanco, de complexión delgada, ha caído de espaldas desde la silla de socorrista, apesta a alcohol y se ha meado. Respira con normalidad, está fuera de peligro, pero vengan cuanto antes. Estamos en la Playa del Mago. Nos verán, mi mujer lleva un sombrero rojo y yo una camisa de camuflaje militar.

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