2/4/14

Frívolas y superficiales

Hoy cumplo cincuenta años. Medio siglo.
Y los cumplo muy lejos de mi país de residencia. 
Estoy en Australia, negociando una nueva forma de llevar a cabo muchas de las tareas más engorrosas del hogar. El Bot-24 es el mejor robot que he diseñado en toda mi vida, es capaz de realizar labores como barrer, cocinar, fregar, planchar y hasta incluso arreglar ciertas averías de electricidad y fontanería.
Mi mujer, mi hija y yo vivimos en Inglaterra. Yo paso poco tiempo en casa debido a viajes como este, o porque el laboratorio me atrapa más de lo que ellas querrían. Mi esposa se pasa el día sacándole brillo a la Visa Oro y quién sabe si también poniéndome a parir con sus hipócritas amigas. Mi hija pasa por completo de los estudios, consume marihuana sin control y practica el sexo varias veces al día a poder ser con distintas personas.

Tengo ganas de volver a mi país, a pesar de la belleza de esta peculiar isla, y es que como en casa no se duerme en ningún lado. Tenía la hora de llegada a las diez de la noche, más la hora de trayecto en taxi desde el aeropuerto, se harían las once pasadas cuando soltara mi equipaje en mi morada.
La resolución a la negociación iba a hacerse esperar por lo menos dos semanas más, yo quería haberme llevado mi particular regalo de cumpleaños, pero por causas mayores, tendré que aguantar el tipo, rezando todo lo que sepa para que finalmente mi firma y la del grupo inversor queden plasmadas en el papel.
No he recibido ni una sola llamada para desearme feliz aniversario. Yo siempre he alardeado que a mí, esas cosas me importan poco, que mi cumpleaños es un día como el de ayer o probablemente como lo será el de mañana. Quizás sean los cincuenta redondos, o quizás sea la distancia mezclada con la nostalgia de estar tan lejos de mi tierra. Quién sabe si los tés y las pastas, el pastel de hígado, el ver buen fútbol en directo o el simple hecho de bañarme a escondidas en el Támesis, haga que hoy me encuentre más sensible de lo habitual. Años anteriores no fueron como para enmarcarlos, de hecho no eran muy diferentes a este. Mi mujer me regalaba cualquier cosa, en la que se asegurara que viniera gratis algún lote de cremas innovadoras de triple acción, o novelas eróticas premiadas en algún certamen de a saber Dios dónde. Y mi hija me regalaba pijamas en los años pares y colonias en los impares, así que este año tocaba colonia, ahora sólo me tocaba confiar en que no repitiera al menos la misma de los últimos cinco años.

La espera en el aeropuerto, la amenizo rellenando autodefinidos y leyendo algunos libritos de relatos cortos que compré minutos atrás en un kiosco. Sigo sin recibir una sola llamada. Del laboratorio era de esperar, te absorbe de tal manera que olvidas hasta lo que comes ese mismo día. A mí me ha pasado muchísimas veces con otros compañeros del trabajo. Mis padres hacía más de una década que fallecieron y soy hijo único. Los vecinos están para lo que están. Para presumir de lo poco que se equivoca uno y de lo mucho que gana otro, no están para alegrarte el día a tantos kilómetros de distancia. El banco, la revista Sci-fi y el Arsenal FC habrían enviado su carta formal típica de cada año para felicitarme, pero también me separa un largo camino de ellas.

Quedan cerca de dos horas para coger el avión y he finiquitado todos los pasatiempos y relatos, y para colmo, no me queda ningún puro. No he podido fumarme ni un solo puro de calidad, para eso reconozco ser un poco sibarita, pero es uno de mis pocos vicios caros.
Miro nuevamente mi teléfono móvil pero sigue el fondo de pantalla tal y como ha estado desde que me levanté. Ni la presencia de dos azafatas de muy buen ver, ni la de un grupo de universitarias que, si estuviera soltero me hubiese quedado hasta con la que sobrara de todas ellas, me borra el pensamiento triste que tenía incrustado a fuego en mi cabeza.
Por fin aterrizo en Londres y me subo a un taxi con unas ganas tremendas de llegar a casa. Hasta me da por pensar que todo es una trama para darme una sorpresa, ¡Claro! Tiene lógica, cumplo una edad especial, en un estado de salud óptimo, y con posibilidades de aumentar considerablemente nuestro poder adquisitivo si la negociación acaba por consumarse. Sonrío con la vista perdida en el asiento de atrás, ante la atenta mirada del chófer que me observa por el retrovisor interior.

Llego a casa bajo la intensa lluvia que se había iniciado cinco minutos antes, pago al taxista y le dejo el cambio para que se tome una cerveza a mi salud. El jardín estaba hermoso, habían cortado el césped y hasta se habían permitido el lujo de podar dos setos, uno en forma de cinco y el otro en forma de cero. Son las once y media y hasta me siento nervioso para abrir la puerta de mi propia casa. Abro lentamente debido a la pesada maleta, maleta que suelto nada más entrar y comienzo a saludar incisivamente. 
Ni caso. Bueno ni caso, formará parte del circo y de mi sorpresa. Me acerco al sofá y encuentro a mi esposa tumbada con crema untada por toda la cara y dos rodajas de pepino cubriéndole los ojos, dormida como un tronco, roncando como un jabalí, y con una botella de ginebra vacía en el suelo justo debajo de ella. Respiro hondo, dejo mi bufanda y abro la caja de madera donde guardo los puros. Ni el cortapuros queda. Ni me acordaba. Y son casi las doce de la noche.
Subo las escaleras y a mitad de ellas comienzo a escuchar gemidos algo disimulados pero no lo suficiente como para que no los oyera. Me acerco a la habitación y me va llegando un olor a porro mezclado con flujos y sudores. Mi hija se lo está montando con dos hombres a la vez, con la puerta abierta. Y chillar, está chillando, no sé si de dolor, de placer o de la mezcla de ambos, lo que se le oye poco por la almohada que tiene en la boca.
Me dirijo a mi habitación sin quitarme de la mente las dos imágenes más deplorables de toda mi existencia y al abrir la puerta se enciende una luz acompañada de una efusiva felicitación. 
¡Sorpresa!  Dos lágrimas recorren mi cara para morir en mis labios y tampoco sé si de la tristeza acumulada o de la sorpresa que enfrente tenía.
Un puro Cohiba Behike de la mano de un cortapuros con mi nombre grabado. Una entrada para un Arsenal – Real Madrid, final de la Champions League en el palco y una carta desde Rusia de un grupo inversor interesado en destinar muchos de sus petrodólares en mi patente de los Bot-24, decoraban la cama como jamás me hubiera imaginado.

-Espero que le haya gustado señor, aunque sé que debo mejorar mi habilidad de jardinería –dijo mi especial Booty-24.


Como no van a querer invertir por él, si acaba de proporcionarme la mayor alegría que jamás haya podido experimentar. Y aún con lágrimas en los ojos, abracé a mi singular mayordomo y encendí el puro mientras me acompañaban los ronquidos de la señora, los gemidos de la señorita y la intensa lluvia formando una de las bandas sonoras de toda la historia, más frívolas y superficiales.

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